El dolor que cala hondo ante una noticia que de manera inesperada,  irrumpe en nuestra historia de vida,  nos envuelve de fragilidad a punto de quebrarnos, o de rompernos en mil pedazos. El sufrimiento que se vive es coloreado por un abanico de emociones que inunda la propia existencia, nos deja indefensos, nos desarma, vulnera, nos intoxica la sangre y consume los huesos. La incertidumbre permanente frente al no saber, no entender, no poder ver a lo lejos, no encontrar respuestas, nos debilita, nos deja sin fuerzas y sin aliento.

Porque recibir el diagnóstico de una enfermedad cardíaca es en sí misma, una situación que nos provoca un alto nivel de estrés por significar un compromiso de riesgo de vida. Hablamos del corazón.

Y la angustia y la  incertidumbre aparecen, cuando nos damos cuenta que nuestra vida cambia, que ya no volverá a ser la misma y no sabemos cómo seguir. Que hay que aprender a convivir con algo más de lo que casi nada se sabe. Y el miedo se apodera de nosotros. Esa emoción intensa, ancestral, que surge de las profundidades ante cada consulta, cada fiebre y ante cualquier situación desconocida. Miedo que no deja pensar, que hace que se camine muchas veces a ciegas,  que se tomen decisiones equivocadas, que se tenga dificultad para soltarles la mano a los hijos, gesto tan necesario para que puedan crecer sanos.

Y nos pasa que el alma nos duele, -porque el alma también duele-, y el dolor es inmenso, inconmensurable… cuando la vida de un Ser que recién asoma al mundo, -pura posibilidad-, se escurre entre los dedos, por no llegar a tiempo. Cuando el traslado no llega, cuando de ese sueño acunado durante 9 meses solo conservamos los brazos vacíos y el alma en pedazos. Cuando “no hay tratamiento posible” y nos quedamos sin palabras y sin horizonte, y hay que volver a casa a esperar…a esperar que?.

 

Entonces, lo humano que tiene el gesto que lleva la intención de estarle cerca a aquel que sufre, se transforma en cuenco que contiene, de abrazo que abriga y palabra que alienta, de brazos que sostienen hasta que recuperemos fuerzas , de paso más liviano, porque el peso se comparte . Sabemos que caminar con compañía es imprescindible y necesario. Y es la acción y la posibilidad que protege nuestra salud y la de nuestra familia y previene que eso que tenemos que enfrentar se convierta en algo más… porque “La salud es un estado de perfecto (completo) bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad”.

Elegir llevar adelante la función social de acompañar lleva en sí la intención de estar cerca de alguien. Porque Acompañar es “ir juntos”. Pero la forma de ir no depende quien acompaña, sino de quien necesita ser acompañado. De su necesidad. De su forma de ser. De sus momentos. De sus silencios. De su pedido. La palabra acompañar,lleva en sí misma todas las formas de estar presente y de devolverle a aquel que está en un estado de vulnerabilidad, que tiene una existencia.

Acompañar es arropar cuando el miedo aparece como un monstruo agazapado y hela la sangre. Y paraliza. Y no deja pensar. Acompañar es sostener cuando las piernas flaquean, cuando se siente que el mundo se nos viene encima, entonces hay dos brazos que sirven de apoyo hasta que no sin tambalear se retoma el paso. Es orientar cuando los pies  sostienen, pero aparecen encrucijadas donde se necesitan de palabras que guíen para que el camino no se transforme en laberinto. Es acercar ese salvavidas para que el mar de las emociones no nos hunda hacia lo profundo hasta que pase lo peor del oleaje  y en las aguas de la historia personal se pueda  flotar por uno mismo. Acompañar es educar, que no es más que sacar a la luz la enorme fortaleza que hay en cada uno de nosotros para con firme voluntad, pararnos en los propios pies , levantar la mirada y afrontar con coraje lo que la vida nos presenta.

Acompañar es inspirar para conciliar visiones y humanizar miradas que se unifiquen en la importancia de comenzar a tejer una trama humana que pueda sostener a las familias en momentos tan límites y dolorosos, que sirva de sostén, refugio y abrigo para que quienes la necesiten  y que nos devuelva a todos la certeza  que si la vida nos reunió en un mismo tejido , seguro tenemos algo para dar y que aprender uno del otro.

Porque acompañar es una forma de amar y de cuidar, de respetar el derecho a elegir y decidir, la libertad de ser y de vivir.

 

 

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